domingo, 15 de octubre de 2017

LA CORDILLERA


Hay películas a las que vas con muchas ganas. Me gusta el cine argentino. Vi el tráiler y me pareció interesante. Sale Ricardo Darín. Ya con eso iba muy dispuesto.
Pero... Demasiados peros. 
La película empieza bien: un grupo de presidentes latinoamericanos están en una cumbre en medio de los Andes chilenos (paisaje de ensueño). El argentino tiene un problema personal, su hija más bien, pero le salpica. Hace que vaya allí.
Podrían ser elementos magníficos, que se entrecruzan y forman un thriller estupendamente narrado. Pero no.
La película, una vez presentada, se pierde en vericuetos que no van a ninguna parte, en subtramas poco explicadas y mal integradas en la narración central. En no pocos casos, todos los tópicos aparecen (el malvado vecino estadounidense, la afición argentina por el psicoanálisis...)
Me molesta especialmente la historia mal contada de la hija y esa especie de recuerdos falsos que no sabemos qué son ni para qué los introduce el director. Tampoco el final nos lo creemos.
Lo de la conversación con los estadounidenses es de traca, de peli de buenos y malos, una pena.
Y el papel de la periodista española (Elena Anaya, que a veces parece argentina y otras no), con sus entrevistas irrelevantes y pseudotrascententes...
De la escena con la amante, mejor ni hablar. ¿Para qué? El postizo más innecesario.
A la película la salva Ricardo Darín, imperial, como siempre. Los planos en los que aparece casi hacen obviar una película desordenada, con poco sentido, que se titula así como se podía haber llamado de otro modo. 
Falta un buen guión. Tiene cosas, pero no es una buena película.
La música es magnífica de Alberto Iglesias, pero al servicio de un misterio que cada minuto lo es menos o nos interesa menos.
Un espectador roncaba. No me extraña.


Título original: La cordillera.
Año: 2017.
Duración: 114 minutos.
Nacionalidad: Argentina.
Dirección: Santiago Mitre.
Guión: Santiago Mitre.
Música: Alberto Iglesias.
Reparto: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Érica Rivas, Gerardo Romano, Paulina García, Alfredo Castro, Daniel Giménez Cacho, Elena Anaya, Leonardo Franco, Christian Slater…

Puntuación: 3 (sobre 10)

sábado, 30 de septiembre de 2017

EL JUGADOR DE AJEDREZ

Tengo una sensación extraña al terminar de ver la película. La sensación de que la película merecía más y también la sensación de que hubiera gustado más si fuera… extranjera.

Pues sí. El jugador de ajedrez es una historia bien contada, nada sorprendente, parecida a las miles de historias similares que debieron tener lugar en ese tiempo tan terrible para Europa: los años 30 y 40.

Todo comienza con el encuentro entre un jugador de ajedrez que acaba de ganar el campeonato de España y una mujer francesa: se enamoran, claro. Llega la guerra y los tibios y equidistantes lo tienen mal (siempre lo han tenido mal): acaban marchando a París, ya casados y con una hija. Allí se encuentran con la invasión nazi y con nuevos problemas.

Me gusta la historia. No la desvelo. Está bien narrada, con pulso, con una ambientación fabulosa, que me creo desde el principio hasta el final, como si estuviéramos allí y entonces. El director no se dedica a esos mareantes cambios de tiempo, lo agradezco; no la complica innecesariamente. En ese sentido, es una película académica.

Los aficionados al ajedrez disfrutarán aún más porque se desarrollan unas cuantas partidas. Parte de la trama es el juego. Y también ese tablero que fabrican en la cárcel con tiza y cuyas fichas construyen con la cal húmeda de las paredes.

Buenas interpretaciones aunque, para mi gusto, el protagonista (Marc Clotet) es un poco blandito y a veces no me lo creo.

Magnífico final. Esperado y previsible, pero estupendo. Podría seguir 15 minutos más, pero para qué, es perfecto.




Título original: El jugador de ajedrez.
Año: 2017.
Nacionalidad: Española.
Duración: 98 m.
Dirección: Luis Oliveros.
Guión: Julio Castedo.
Música: Alejandro Vivas.
Reparto: Marc Clotet,  Melina Matthews,  Alejo Sauras,  Stefan Weinert,  Mike Hoffmann, Andrés Gertrúdix,  Pau Durà,  Lionel Auguste,  Maarten Dannenberg, Christian Stamm,  Juan Del Santo,  Blanca Zurdo 




Puntuación: 7 (sobre 10)

lunes, 11 de septiembre de 2017

CUESTIÓN DE FE

Tengo con Donna Leon una relación desigual. Me gustó mucho al comienzo, muchísimo. Después, bien, correctas novelas. Y las últimas leídas me parecían puro oficio, absolutamente prescindibles, epidérmicas.

Ésta la saqué de la Biblioteca porque me apetecía leer algo ligero y entretenido. Y, como siempre, está bien escrita, es ágil, muy bien ambientada… Los personajes aparecen de nuevo, los conocemos bien: el comisario, Paola, sus hijos, Vianello, la señorita Eletta, Patta…
Pero en esta novela (la número 19 de las 26 de la serie Brunetti) hay algo que apunta el título: va sobre la fe. No sobre la fe religiosa, sino sobre una variación de ésta: la fe en toda esta serie de gentuza que abusan del mal ajeno, de la debilidad y de la enfermedad para hacer asquerosamente negocios. Cuando se pierde el sentido de lo real sólo queda la fe. Cuando la medicina ofrece pocas esperanzas o exige demasiados esfuerzos, queda la fe. Los charlatanes abusan, engañan, estafan. A veces incluso son culpables de la muerte de enfermos que podrían curarse con la medicina científica. O sea, con la medicina.

También, asociado a este tema, aparece el tema del amor como fe. Un amor ciego y ciertamente irracional. No puedo revelar más.
Ha merecido la pena recuperar a Donna Leon. Estupenda novela. Creo que seguiré con las que me quedan, espero que no me defraude.


Título original: A Question of Believe.
Autor: Donna Leon.
Editorial: Seix Barral.
Edición: 1ª.
Lugar: Barcelona.
Año: 2010.
Número de páginas: 315.
Precio: 18,50 €.



Puntuación: 7 (sobre 10)


domingo, 13 de agosto de 2017

EL BAR

Las casualidades son así: imprevisibles. Hace un par de días estaba dando vueltas a la última película que he visto, El Bar, y pensaba que Terele Pávez hace bueno cualquier producto, aunque sea de medio pelo, como esta película.

Y en eso va y se muere. Una de las grandes, de las que daba hondura y veracidad a cada una de las películas en las que participaba. Además de las que se han citado estos días, recomiendo ver La puerta abierta, una de las dos o tres mejores películas del año, con Terele merendándose a los demás, que hacen por cierto también un gran papel.

Vamos a El bar. Me gusta su director, Alex de la Iglesia. Me parece un tipo desmadrado y salvaje, una especie de Tarantino patrio que, por cierto, me hace bastante más gracia que el estadounidense. Me sorprendió en Acción Mutante y alcanzó la cumbre con El día de la bestia. Después… Creo que después ha sido devorado por su estilo. Sigue fiel a él, pero no alcanza esos hitos (no he visto La comunidad, de la que me hablan muy bien).

En El bar se cuenta la historia de un grupo de parroquianos de un bar como hay tantos en Madrid, regentado por Terele Pávez. Uno de ellos sale y le pegan un tiro; sale otro y lo mismo. No sabemos por qué. El arranque es apoteósico, brillante. Pero una vez ha explotado la acción, la película languidece entre la planta baja y el sótano, con personajes en perpetua lucha por la existencia, devorándose unos a otros.

A la película la salvan los actores, todos estupendos. Pero nada más. No acabamos de saber ni de entender y esa visión hobbesiana de la especie humana (tan querida por Alex de la Iglesia) alcanza su punto de aburrimiento que a mí no me acaba.

O sea que se deja ver y casi se va olvidando cuando salen las letras.



Título original: El bar.
Año: 2017.
Duración: 102 minutos.
Nacionalidad: España.
Dirección: Alex de la Iglesia.
Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
Reparto:  Blanca Suárez, Mario Casas, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Jaime Ordóñez,Terele Pávez, Joaquín Climent, Alejandro Awada, Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Mamen García…




Puntuación: 4 sobre 10


jueves, 27 de julio de 2017

DUNKERQUE

Yo soy un simple aficionado que, de vez en cuando, lee algo sobre cine. Leo, por ejemplo, que Christopher Nolan es uno de los grandes directores. He visto alguna de sus películas. Memento y Origen me parecieron estupendas, sobre todo la primera; en la segunda se le va un poco la olla y lo que podría haber sido una película excelente acaba en desmadre con ínfulas.

Esperaba que Dunkerque fuera algo distinto, mejor. Conozco un poco la historia y sé de qué iba. Pero el espectador medio no se va a enterar de nada. La película es confusa desde el principio. Apenas una cuartilla con un dibujo explica qué es lo que ocurre y por qué quieren huir tantos soldados de Dunkerque. Después, el director toma unas cuantas situaciones y las desarrolla, bien, incluso muy bien, pero más loncheadas que un kilo de chopped en el Mercadona. ¿Va de original? A mí me marea ese preciosismo rupturista en el que ninguna acción tiene continuidad.

Sabemos que hay franceses, pero no se les ve. Sólo uno, cuya historia tampoco se nos explica, ni siquiera se apunta. También aparece un holandés, que ha abandonado un barco junto con los demás, pero vuelve de repente… él solo. Los alemanes son una ausente presencia, apenas un par de siluetas en una de las últimas escenas.

Un par de errores muy básicos: cuando te dispara el enemigo se corre en zigzag, no en línea recta. Otro: si la película está ambientada a comienzo de los años 40. ¿qué pintan edificios de dos o tres décadas posteriores (en varias tomas)?

Tampoco me parece que los actores estén sobresalientes, salvo Mark Rylance (aunque con un horroroso doblaje con voz aflautada). Incluso el siempre competente Kenneth Branagh está blandurrio  y “dejado caer”, sin que su papel tenga suficiente justificación narrativa.

En definitiva, leo cosas muy buenas sobre la película pensando que yo he visto otra. Me acuerdo de alguna de temática similar, o de escenas sueltas, como los sobrecogedores quince primeros minutos de Salvar al soldado Ryan, y de inmediato me voy olvidando de Dunkerque.

Me ha dejado bastante frío, ya la estoy olvidando.




Título original: Dunkinrk
o: 2017.
Nacionalidad: Estados Unido.
Dirección: Christopher Nolan.
Guión: Christopher Nolan.
Música: Hans Zimmer.




Puntuación: 5 (sobre 10)

sábado, 1 de julio de 2017

ENIGMA

Enigma, como dice el título completo, es una novela gráfica sobre la extraña vida de Alan Turing.
No tengo muy claro si me gusta o no. El trazo es sencillo, incluso minimalista. Sin embargo, el tema no lo es. Supongo que todo el mundo conoce la vida de Turing. Fue el que desencriptó el código Enigma, con el que los nazis se intercambiaban información. Salvó por ello a muchos británicos. Una vez terminada la guerra volvió a sus quehaceres académicos y a su vida privada. Era homosexual, ingenuamente homosexual, como el que descubre que 2+2 son 4, sin culpa, sin extrañeza. Eso se llevó a su triste final.
La novela gráfica se estructura en tres partes: formación, desencriptación y postguerra. En mi opinión, la mejor es la primera.
En su debe hay que decir que ahonda poco y muestra mucho. Creo que a los que no conozca a Turing les dirá poco. Y a quienes lo conocemos nos sabrá a poco.
No obstante, no está mal, mejor que la falsificadora película The imitation game.



Título original: Enigma. La strana vita di Alan Turing.
Autores: Francesa Riccioni y Tuono Pettinato.
Editorial: Norma.
Traducción: Víctor Balcells Mata.
Edición: 1ª.
Lugar: Barcelona.
Año: 2015.
Número de páginas: 119.
Precio: 20 €.


Puntuación: 6 sobre 10

miércoles, 31 de mayo de 2017

TRAIN TO BUSAN

Si me dicen que me vaya a ver una peli coreana de zombies, lo que hago es salir por patas, huyendo de tan indecente propuesta.

Pero me equivocaría.

Dudé mucho, muchísimo. Estuve a punto de declinar y por un impulso de última hora me acerque al cine, dispuesto a abandonar la sala a la primera escena gore. Insisto: me equivoqué. Train to Busan es una peli estupenda y sorprendente, un atrevimiento temático en una cinematografía más acostumbrada a la rareza zen y a la poética visual (al menos es el tipo de cine coreano que llega a España).

Train to Busan parte de una situación muy cotidiana, casi de sábado por la tarde. Pero la película (que arranca muy inquietantemente, por cierto) transcurre de modo creciente en el interior de un tren que lleva a un padre divorciado con su hija para que ésta vea a su madre, que vive en Busan, el día de su cumpleaños. El resto de personajes no son solo secundarios, sino que ellos mismos constituyen una historia que escolta muy bien a la principal.

No es excesivamente sangrienta, no hay profusión de vísceras, se puede ver sin asco ni preocupaciones cardiacas. Sólo tres personas se fueron del cine, y dos de ellas a los 15 minutos, antes de que la epidemia zombie invadiera la pantalla.

Si tuviera que ponerle una pega diría que su extensión, casi dos horas. Hay un momento en que la historia sólo necesita cierre y ya sabemos que los zombies han tomado prácticamente el tren y las estaciones intermedias. Hay un cierto desparrame en su segunda mitad. Pero el final es estupendo, poético incluso.

O sea, que sin prejuicios, una peli puede que sin la categoría de obra maestra, pero sí muy estimable. Por supuesto, se puede ver en clave metafórica, cómo no.

  
Título original:  부산행 Busanhaeng
Año: 2016.
Duración: 118 m.
Nacionalidad: Corea del Sur.
Dirección: . Yeon Sang-ho
Guión: Yeon Sang-ho.
Música: Jang Young-gyu.




Puntuación: 7 sobre 10